Protestas en Panamá contra la política de “mano dura” de Mulino

Ciudad de Panamá. Según encuestas recientes de La Estrella de Panamá, la oposición al presidente José Raúl Mulino ronda el 81 por ciento. El 1 de julio, dos años después de asumir el cargo, Mulino declaró una “nueva fase” de su gobierno en un discurso ante la Asamblea Nacional. El mismo día, varias organizaciones marcharon por la capital para protestar contra la actuación del gobierno.

El punto central de la discordia es la política de seguridad. Después de la fuga de 195 reclusos de la prisión de La Joyita a principios de junio, Mulino anunció un “plan de fuerza mayor”: aislamiento total de los líderes de las pandillas y tres nuevos centros de detención con un total de alrededor de 7.500 plazas, incluida una prisión de máxima seguridad para unos 2.000 reclusos, con un coste total de más de 390 millones de dólares.

Varios sectores consideraron los planes como una adopción del modelo “Mano dura” acuñado por el presidente de El Salvador, Nayib Bukele. La organización de derechos humanos Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana criticó un enfoque puramente punitivo. El enfoque punitivo se entiende como un modelo que se basa exclusivamente en el castigo y no en la rehabilitación o la reparación. La experiencia internacional demostró que esos modelos no frenaban el crimen organizado sino que conducían al hacinamiento, la pérdida del control estatal sobre las prisiones y una creciente militarización.

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El ex diputado José Blandón hizo una comparación de costes: Mientras que El Salvador construyó su prisión de alta seguridad Cecot con alrededor de 40.000 plazas por unos 115 millones de dólares, en Panamá se calcula que las tres nuevas prisiones con un total de unas 7.500 plazas costarán más de 390 millones de dólares. La Conferencia Episcopal Católica también expresó críticas en su propio comunicado. El propio Mulino defendió en su discurso la dura postura en referencia al aumento del crimen organizado: preferiría aceptar que se le acuse de hacinamiento en las cárceles antes que permitir que las bandas criminales sigan promoviendo la extorsión incontrolada, el asesinato y el tráfico de drogas en el país.

El segundo punto de discordia es la posible reapertura de la mina de cobre, cerrada desde 2023. Una posible base para ello es el informe final de auditoría de la empresa de pruebas suiza SGS, que certifica que la mina tiene un grado de conformidad del 87,7 por ciento. Sin embargo, las inspecciones de campo en el informe pintan un panorama más matizado: estanques de relaves sedimentados y material descubierto que crea agua ácida de mina. La reforestación tiene el desempeño más débil, con una tasa de cumplimiento de sólo el 40 al 45 por ciento, muy por debajo del nivel de conformidad comunicado como valor general. Organizaciones medioambientales y civiles reaccionaron con escepticismo. Recordaron que la Corte Suprema había anulado el contrato minero de 2023 por ser inconstitucional; Cualquier decisión posterior debe respetar esta sentencia. También dudan de la independencia de la metodología de auditoría, ya que gran parte de los datos subyacentes provienen del propio First Quantum.

Ambos conflictos apuntan a un área de tensión que el gobierno de Mulino aún no ha resuelto: la apertura económica a preocupaciones ecológicas y constitucionales.