«El feminismo me permite reconciliarme de modos nuevos con mi propia biografía»

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La sociloga y escritora Mara Pa Lpez es la autora de la obra teatral No tengo tiempo Foto Victoria Gesualdi
La socióloga y escritora María Pía López es la autora de la obra teatral «No tengo tiempo» / Foto: Victoria Gesualdi

La socióloga y escritora María Pía López es la autora de la obra teatral «No tengo tiempo», basada en una novela propia homónima editada en 2010 y que bajo dirección de Cintia Miraglia se estrenó el domingo pasado en El Extranjero Teatro.

Protagonizada por Carolina Guevara y Leticia Torres, la obra pone en diálogo a dos amigas de 40 años que se interrogan sobre el paso del tiempo, la corporalidad, los mandatos y los deseos de la maternidad, los estragos físicos y la juventud que parece haber marchado, entre cuestiones que parecen requerir respuestas urgentes.

Doctora en Ciencias Sociales, escritora y activista política, López fue la primera directora del Museo del libro y de la lengua de la Biblioteca Nacional, creado durante la gestión de Horacio González, y es autora de libros de ensayo como «Quipu. Nudos para una narración feminista» (2021), y «Mutantes. Trazos sobre el cuerpo» y de novelas como «Habla Clara», «Miss Once» y «Teatro de operaciones», entre otros.

Para hablar sobre los tópicos que propone la obra, los mapas que atraviesan los feminismos y la escritura ensayística y de ficción, López mantuvo una charla con Télam.

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es autora de libros de ensayo como «Quipu. Nudos para una narración feminista» (2021), y «Mutantes. Trazos sobre el cuerpo» y de novelas como «Habla Clara», «Miss Once» y «Teatro de operaciones», entre otros / Foto: Victoria Gesualdi

Télam: ¿Cómo surgió la obra y cómo fue el proceso de construcción?
María Pía López:
En 2010 escribí mi primera novela: «No tengo tiempo». En algún momento empezamos con Vera Fogwill y Alejandro Chomsky a pensar una adaptación cinematográfica. Por distintas razones, no pudimos hacerla. En 2020, unos días antes de la pandemia, charlando con Carolina Guevara en un bar de Once, hablamos de la novela y de las ganas de hacer teatro a partir de ese texto. Pensamos que quien debía dirigirla era otra amiga, muy admirada por nosotras, Cintia Miraglia. Esto sucedió un par de días antes del dictado del aislamiento social preventivo y obligatorio. Así que durante esos meses, nos reuníamos virtualmente los viernes, a leer la novela y seleccionar las partes que pensábamos funcionarían para la obra. Era una apuesta optimista para el día después de que los teatros abrieran, la vida pública se reanudara, los cuerpos volvieran a la calle. Cuando se aflojaron las restricciones, ellas comenzaron el real proceso de traducción de novela a teatro, porque recién ahí, cuando los cuerpos aparecen, se produce la imaginación necesaria para salir de la letra e inventar otra cosa. Primero lo hicieron incorporando a una música, Vicky Balay, y luego con la inclusión de otra actriz, Leticia Torres. Recién ahí, con la incorporación de Leticia, la obra tomó la forma final que hoy está en escena. Porque es en el contrapunto entre Carolina y Leticia donde aparece un juego, una erótica, una comedia, que no estaban en las versiones anteriores.

T: Uno de los temas centrales de la obra es la cuestión de la maternidad, un tema que el feminismo y el capitalismo parecen poner en interrogación, ¿qué fue lo que les interesó abordar de esta cuestión y qué ideas poner en juego?
M.P.L.: Estos años son bien distintos a los de la escritura de la novela, fundamentalmente, porque las luchas feministas lograron poner en el centro la maternidad como asunto del deseo: desear o no ser madre. Eso irrumpe contra el mandato social (una mujer debe ser madre) y con la sumisión a la biología (si pasó el azar de la fecundación se debe asentir a lo que suceda). El derecho al aborto es la contracara del derecho a la fertilización asistida: separan azar biológico de deseo de maternar o no hacerlo. Sin embargo, decir deseo es nombrar algo de lo que podemos desconocer, que nos atraviesa, pero sin la claridad de la intención -quiero esto o no lo quiero-, sin las galas de la voluntad. La obra y la novela juegan en el barro de ese no saber, del deseo y de su confusión con el mandato y la intención. Al mismo tiempo, trata de dejar en suspenso el juicio, para abrir, con no pocas incomodidades, las fantasías que se juegan al pensar en «encargar» un hijo, las fantasías de consumo, belleza, salud.

T.: También están los 40 años como un límite, pareciera un cierto abismo que se vislumbra, ¿qué te interesó discutir respecto de los 40 de las mujeres?
M.P.L.: Me interesa el cuerpo en su duración, en sus modificaciones, en su mutación. Un cuerpo que no es el mismo a los veinte que a los cuarenta ni a los cincuenta, y que una de sus modificaciones proviene de la pérdida, podés oír menos, ver menos, cansarte más rápido. Cómo habitar esas transformaciones es un tema, y es tan necesario considerarlo con calma, lucidez y humildad, como consideramos la finitud misma. Estamos encarnadxs y somos finitxs. Eso supone muchas cuestiones. Pero pensarlas, vivirlas bien, implica poner bajo sospecha las coerciones sociales: debes ser joven, con una carrera exitosa, verte bien, ser saludable, tener familia. Los cuarenta suelen ser los de balance respecto del haber llegado o no a cumplir todo eso, y se profundiza respecto de la maternidad, porque no es lo mismo, corporalmente, buscar un hije a los cuarenta que en las décadas anteriores.

Doctora en Ciencias Sociales escritora y activista poltica Lpez fue la primera directora del Museo del libro y de la lengua de la Biblioteca Nacional Foto Victoria Gesualdi
Doctora en Ciencias Sociales, escritora y activista política, López fue la primera directora del Museo del libro y de la lengua de la Biblioteca Nacional / Foto: Victoria Gesualdi

T.: ¿Cuál es la diferencia para vos como autora de esta escritura ficcional en relación con otras escrituras más habituales en tu ejercicio como la escritura de análisis político-sociológico o ensayístico?
M.P.L.: Cada vez pienso más en la escritura más allá de los géneros, buscando una materialidad poética que no sea solo ensayística o ficcional. Y eso surge de un intento de buscar el ritmo y el apego al significante, a la escritura que suena, o resuena. Pegar, incluso los ensayos, a la voz que los dice, tratar de no separarlos de su materialidad corporal. Con el último libro, «Quipu. Nudos para una narración feminista», resolvimos hacer un audiolibro, en el que 45 amigas, cómplices, confabulades, leen un capítulo cada une, y el texto adquiere otro sentido cuando eso ocurre. El pasaje de una novela a la escena teatral tiene otra diferencia, que es que el texto se modifica al ser encarnado por otro cuerpo, y eso es lo que le activa otras fantasmagorías, lo rodea de otra imaginación. Lo revela como totalmente impropio: una palabra que no nos pertenece.

T.: ¿Cómo analizás la cuestión de los femenismos en la actualidad y la manera como esto hace interrogación en los propios cuerpos?
M.P.L.: Me parece fundamental la conmoción que producen los feminismos, los modos en que esa experiencia te transforma, desarma, provoca. Amplían el horizonte de libertades para cada quien, y eso cambia la vida. La que escribió esa novela no era feminista, la que hoy asiste a la obra de teatro sí, y eso me distancia mucho de ciertos tramos de los textos, que los veo risueñamente. Pero está bien que no sea un texto feminista, porque las obras literarias o estéticas no tienen por qué cumplimentar una declaración de principios. Su fuerza crítica proviene de otro lado, de algo que hacen con los lenguajes y la ficción que movilizan. Los feminismos nos permiten desnaturalizar esa experiencia del cuerpo, y especialmente los patrones normativos que organizan nuestras vidas, no solo respecto de la orientación sexual, o los roles sexo-genéricos, sino también los cánones de belleza, la cuestión de la gordura, el color, la vejez. Para decirlo muy rápido: el feminismo me permite reconciliarme de modos nuevos con mi propia biografía, con mi historia y con mi cuerpo.

«No tengo tiempo»

Se puede ver los domingos a las 18 en El Extranjero (Valentín Gómez 3378).

Cuenta con autoría de María Pía López sobre textos propios adaptados por ella, por Carolina Guevara, y por Cintia Miraglia.

La dirección es de Cintia Miraglia, actúan Carolina Guevara y Leticia Torres; el vestuario es de Paula Molina, la escenografía de Víctor Salvatore, el diseño y composición sonora de Vicky Balay, el diseño de iluminación: Matías Noval, y coreografías y entrenamiento en esgrima de Andrés D’ Adamo.

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