El presidente Miguel Díaz-Canel reconoció una grave crisis económica y energética, pero rechazó la “teoría del colapso”.
Trump utilizó el marco de la nueva estrategia de seguridad estadounidense para intensificar las medidas desestabilizadoras contra Cuba, con el objetivo de “asfixiar” al país y lograr (palabras de Trump) el colapso del régimen, tras el exitoso secuestro de Nicolás Maduro y la intervención en Venezuela el 3 de enero.
Utilizando una estrategia similar, Trump impuso un bloqueo petrolero a Cuba y firmó una orden ejecutiva amenazando con aranceles a los países que rompieran el embargo petrolero. Esta medida viola flagrantemente los principios de igualdad soberana de los Estados, no interferencia y autodeterminación consagrados en la Carta de las Naciones Unidas, así como los marcos comerciales internacionales establecidos, entre otros, por la Organización Mundial del Comercio (OMC).
Este bloqueo tiene como objetivo garantizar que el país no funcione de tal manera que se pueda afirmar que la crisis se debe únicamente a una mala gestión interna.
El bloqueo, impuesto inicialmente en 1962, se fue endureciendo con el tiempo mediante nuevas medidas: la prohibición de las transacciones comerciales y financieras con la isla impuesta en virtud de la ley federal estadounidense “Trading with the Enemy Act” de 1917, la inclusión de Cuba en la lista de países que apoyan el terrorismo en 1982, la “Cuban Democracy Act” de 1992, conocida como Ley Torricelli, que prohibía a sus filiales comerciar con Cuba, la “Cuban Liberty and Democratic Act” “Ley de Solidaridad” de 1996 (también llamada Ley Helms-Burton), que recrudeció e internacionalizó el bloqueo, así como las restricciones a los viajes, las restricciones a las remesas y las recientes restricciones financieras y tecnológicas. Todo esto ha causado limitaciones y retrocesos en el desarrollo de Cuba y ha tenido un impacto significativo en los niveles de vida, a pesar de los éxitos en salud, tecnología, educación y deportes, entre otros.
Cuba ya había estado luchando con serios problemas desde la década de 1960, que se exacerbaron con el colapso de la Unión Soviética en la década de 1990 durante el “Período Especial”. Con la pérdida de la ayuda de Venezuela, aliado estratégico que suministraba más del 30 por ciento del petróleo necesario a cambio de médicos, maestros, técnicos, personal de seguridad, etc., la situación ha empeorado aún más.
Esta situación negativa está bien ilustrada por el think tank español Real Instituto Elcano. Señala que en la última década las exportaciones cubanas han caído un 47 por ciento y las importaciones un 36 por ciento, mientras la inflación ha aumentado del 2 al 70 por ciento en este país de 10,9 millones de habitantes que no logran salir de las dificultades económicas.
Hoy, Cuba sufre una crisis energética que ha provocado una contracción económica del 15 por ciento desde 2020. Varias centrales térmicas están fuera de funcionamiento y gran parte del país se ve afectada por cortes de energía simultáneos. La isla está hoy al borde de un colapso humanitario, advirtió el secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres. La presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, comparte esta valoración. Afirmó que “imponer aranceles a los países que suministran petróleo a Cuba podría desencadenar una crisis humanitaria generalizada que impactaría directamente en los servicios básicos de la población”. Se trata de “una situación que debe evitarse mediante el respeto a los derechos humanos”. Hace días que no se recoge basura en La Habana.
Sheinbaum representa la postura tradicional mexicana de no intervención y autodeterminación consagrada en la Doctrina Estrada de 1930. Temiendo represalias por parte de Trump, que está reordenando el mundo, ha intercambiado envíos de petróleo por ayuda humanitaria (en 2025, México entregó hasta 17.000 barriles de petróleo al día), pero quiere reanudar las entregas tras negociaciones con Washington y se ha ofrecido a convertirse en un “puente aéreo”.
China, que ha mantenido un perfil bajo y monitoreado la situación mundial, ha reiterado su apoyo político y compromiso de brindar asistencia “en la medida de lo posible”.
Brasil hasta ahora sólo ha hecho declaraciones y ofrecido cooperación en áreas humanitarias y de salud. Sólo Rusia se está preparando para entregar petróleo y combustible a Cuba en un futuro próximo, apoyando así a un aliado proxy. En medio de estos hechos llegó a Matanzas un camión cisterna con bandera de San Vicente y las Granadinas. De confirmarse, sería el primer petrolero que llega a la isla desde el 9 de enero.
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El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, ha admitido que la isla vive una grave crisis económica y energética que obligará a ajustes y racionamientos para una población ya afectada por cortes de energía y escasez de agua y alimentos. Sin embargo, rechazó la “teoría del colapso”. Si bien Díaz-Canel ha abogado por el diálogo con EE.UU. para aliviar el embargo, lo condicionó al “respeto de la soberanía y la autodeterminación”, añadiendo que el objetivo debe ser construir “una relación de vecindad civilizada” para el “beneficio mutuo”, especialmente porque Cuba está a sólo 145 kilómetros de Florida.
La voluntad de Díaz-Canel de entablar un diálogo es vista como un “intento de prolongar la situación” (de resistir) con la esperanza de que la posición del interlocutor se debilite ya sea mediante las elecciones intermedias o mediante una posible victoria (de la oposición) en las próximas elecciones presidenciales. Trump y los republicanos ya han perdido siete elecciones. Sin embargo, como explica Arturo López Levy, profesor de la Universidad Holy Names en Oakland, California, “la crisis es de mayor magnitud (…). Antes había una expectativa de que el gobierno implementaría reformas y lograría cambios, pero ahora la situación es mucho más desesperada, porque sin energía no hay manera de sacar al país adelante”.
Cuba está perdiendo cada vez más sus fuentes de ingresos (por ejemplo, la empresa minera canadiense de níquel y cobalto Sherrit dejará de operar por falta de combustible), razón por la cual los tres millones de cubanos en el exterior, cuyos 3.000 millones de dólares en remesas tienen un gran impacto en la mayoría de los hogares cubanos, desempeñan un papel importante.
Hoy en día, los halcones (como Marco Rubio, Ted Cruz, Pete Hegseth, Stephen Miller y Tom Homan, etc.) están influyendo en la política exterior de Washington, que implica un retorno a una línea dura destinada a derrocar al gobierno cubano endureciendo el embargo y las sanciones, aislándolo y condicionando cualquier diálogo a cambios radicales e incluso medidas coercitivas. Trump, por ejemplo, ratificó aspectos de la Ley Helms-Burton para garantizar a los ciudadanos estadounidenses el derecho a demandar a Cuba y a las empresas cubanas por tierras expropiadas después de la revolución de 1959.
Las palomas, en su mayoría demócratas, que proponen la normalización de las relaciones, el levantamiento o flexibilización del embargo, más comercio, viajes y cooperación, así como la diplomacia directa, es decir, eliminar las razones de las restricciones político-culturales y ganarse a ellos (los cubanos) en los niveles socioeconómico y cultural (poder blando), apenas están reaccionando a la situación interna y tienen poca influencia en la política exterior de Trump. Quizás con ellos y sin las políticas de confrontación -como los 638 intentos de asesinato a Fidel Castro o el actual bloqueo- Cuba podría haber evitado la centralización, las restricciones económicas y la falta de libertades y acercarse al modelo del socialismo democrático.
Expertos como Louis A. Pérez Jr. y Jorge I. Domínguez afirmaron tras la victoria de 1959 que la revolución no tenía como objetivo declarado introducir un sistema comunista y que éste fue un desarrollo gradual como resultado de las reformas estructurales llevadas a cabo (reforma agraria, nacionalización de empresas, etc.) que afectaron a los grandes terratenientes estadounidenses.
Washington respondió reduciendo la cuota de azúcar, imponiendo un embargo y apoyando la invasión de Bahía de Cochinos en 1961. Esto llevó a la ruptura de Cuba con los Estados Unidos y al acercamiento con la Unión Soviética y el bloque socialista, incluida la crisis de los misiles cubanos de 1962. Fue una revolución nacionalista que evolucionó hacia el socialismo debido a la situación de la Guerra Fría en ese momento. Sin embargo, algunos sostienen que una semilla marxista estuvo presente desde el principio.
Hoy la población cubana no muestra ni un entusiasmo masivo ni un rechazo generalizado al sistema político. Oscila entre apoyo ideológico, acomodación pragmática, creciente insatisfacción o frustración y una oposición renaciente, todo ello en medio de un orgullo nacional compartido. Esto se ve alimentado por la resistencia a cinco intervenciones militares de Estados Unidos desde la independencia, así como a otras diez operaciones encubiertas, como la Operación Mangosta, para desestabilizar y sabotear. Si bien los cubanos están acostumbrados a levantarse, hoy el contexto es más difícil. La gente es más pragmática, lo que hace inevitable el cambio o la apertura en la isla.
Como deja claro Arturo López-Levy, profesor de la Universidad Estatal de Georgia, la nueva presión estadounidense no tiene en modo alguno la intención de defender los derechos humanos y las libertades en Cuba. Contradice todo principio humanitario presentar el sufrimiento económico como un paso necesario para acelerar el fin del modelo político de Cuba. En este sentido, los objetivos políticos no pueden justificar acciones que en sí mismas violen los derechos humanos. Esto sienta el mismo precedente peligroso que los israelíes en Gaza: el uso del hambre y la sed como instrumentos legítimos de guerra o presión política.
A la espera de la implosión del sistema para evitar nuevas crisis migratorias (como la del Mariel en 1980 o los boat people de 1994 y 2021-2023, respectivamente), Washington debería considerar un calendario para la entrega supervisada de petróleo desde Venezuela, además de la ayuda humanitaria. Se dice que ya ha sufrido una fuga un camión cisterna que transportaba 150.000 barriles de petróleo que la Iglesia católica distribuirá. Obviamente se trata de aliviar un poco la presión y confiar en la diplomacia, como explicó la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, con la Ley Helms-Burton sobre la mesa y el objetivo declarado de un cambio de régimen. Sin embargo, por razones de dignidad, Cuba no permitirá que la patrocinen ni la controlen desde lejos. No será un “Estado asociado” independientemente de los cambios que el país necesite hacer.
*Mladen Yopo es Doctor en Ciencias Políticas (Universidad de Leiden) y Magíster en Estudios Internacionales (Universidad de Chile). Miembro de los grupos de análisis académico de defensa y fuerzas armadas (Gadfa) y de política exterior (Gaspe). Investigador de la Universidad de SEK-Chile.