La retórica beligerante del presidente estadounidense Donald Trump, quien acusa a Venezuela de “robar” petróleo y activos estadounidenses, no es nueva. Su objetivo inmediato es justificar el bloqueo naval y la actual acción militar, pero su argumento se remonta a un conflicto comercial específico y en gran medida resuelto: la reestructuración de la industria petrolera por parte de Hugo Chávez en 2007.
Este año, el gobierno venezolano dio un giro de 180 grados a la política de apertura del sector petrolero de la década de 1990 al decretar que los proyectos con capital extranjero se convertirían al modelo de economía mixta, manteniendo la estatal PDVSA la mayoría de las acciones y el control operativo.
Mientras empresas como Chevron negociaron para permanecer como socios minoritarios, ExxonMobil y ConocoPhillips rechazaron los nuevos términos. El Estado tomó el control de sus activos, lo que ambas empresas calificaron de expropiación.
El mecanismo para resolver tales disputas, el arbitraje internacional, ya está funcionando. El Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI) falló a favor de las petroleras y ordenó a Venezuela pagar una compensación de 1.600 millones de dólares a ExxonMobil y alrededor de 8.700 millones de dólares a ConocoPhillips.
Dieciocho años después, la administración Trump revive este episodio, ignorando el carácter cerrado de la disputa legal. Al presentar el asunto como un “robo” que requiere una respuesta militar, traslada el conflicto del ámbito del arbitraje al ámbito de la confrontación geopolítica, donde se persiguen otros objetivos: cambio de régimen o control estratégico de los recursos.
Cómo Trump convirtió un modelo de negocio en un motivo de guerra
Entre 2007 y 2008, el gobierno del presidente Hugo Chávez implementó un cambio importante en el marco legal y contractual que regía la participación del capital privado en la industria petrolera venezolana, particularmente en la Faja del Orinoco.
Este cambio, que llevó del modelo de “asociaciones estratégicas” de los años 1990 al modelo de “empresas de economía mixta” con participación mayoritaria del Estado, desencadenó diferentes reacciones entre las empresas internacionales. Algunos, como ExxonMobil y ConocoPhillips, optaron por no aceptar los nuevos términos y remitieron la disputa a tribunales de arbitraje internacionales, que otorgaron una compensación a su favor. Otros, como Chevron, decidieron permanecer bajo el nuevo modelo.
Este informe describe en cinco secciones la evolución de este proceso, desde su inicio hasta su resurgimiento en el discurso político de la administración del expresidente de Estados Unidos Donald Trump.
1. El modelo de apertura petrolera (años noventa)
En un contexto de bajos precios del petróleo y la necesidad de capital e inversión, a partir de 1995 Venezuela inició un proceso que se conoció como la política de “apertura del sector petrolero”. Su principal objetivo era desarrollar los yacimientos de petróleo pesado en la faja del Orinoco, lo que requería tecnología y recursos financieros que el Estado no contaba en ese momento. El modelo se basó en la firma de “asociaciones estratégicas” y contratos de “riesgo compartido” entre la empresa estatal PDVSA y consorcios internacionales. Bajo esta construcción, las empresas privadas asumieron las inversiones iniciales y el control operativo de los proyectos y retuvieron una participación mayoritaria en el capital (entre 50 y 70 por ciento), mientras que PDVSA mantuvo una participación minoritaria. Este modelo atrajo miles de millones de dólares en inversiones y aumentó significativamente la capacidad productiva del país.
2. La transición al modelo de economía mixta (2007-2008)
Como parte de una política de Estado para fortalecer el control y aumentar la recaudación tributaria del negocio petrolero, el gobierno venezolano, a través de la Ley de Hidrocarburos de 2001 y normas posteriores, estipuló que todos los proyectos estratégicos debían convertirse a un modelo de economía mixta.
Los nuevos términos requerían que PDVSA tuviera al menos el 60 por ciento de la propiedad accionaria (en la práctica, esto promediaba alrededor del 78 por ciento) y ejerciera control operativo sobre los proyectos.
Se fijó una fecha límite (junio de 2007) dentro de la cual las empresas internacionales debían aceptar estas nuevas condiciones y firmar los contratos pertinentes como accionistas minoritarios o retirarse.
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El gobierno ofreció una compensación por los activos transferidos, pero el monto provocó desacuerdos entre algunas empresas.
3. Respuesta empresarial estadounidense: dos estrategias diferentes
La reacción de las principales compañías petroleras estadounidenses fue variada, indicando diferentes evaluaciones de riesgos y estrategias a largo plazo.
· Salida de ExxonMobil y ConocoPhillips: Ambas empresas, que actuaban como operadoras y tenían acciones de control en proyectos como Cerro Negro (Exxon) y Petrozuata/Hamaca (ConocoPhillips), decidieron no aceptar las nuevas condiciones. Argumentaron que la compensación ofrecida por sus activos era inadecuada y que la pérdida del control operativo y de la propiedad mayoritaria hacía imposible continuar sus actividades bajo las nuevas reglas. Ambos anunciaron que iniciarían un arbitraje internacional para resolver la disputa.
· Supervivencia de Chevron: En cambio, Chevron y otras empresas europeas (Total, ENI, Statoil) decidieron negociar y aceptaron el nuevo papel como socios minoritarios. Esta decisión se basó en una evaluación estratégica que priorizó el acceso a largo plazo a las vastas reservas de petróleo de la Faja del Orinoco incluso en condiciones de control operativo reducido. Esta decisión ha permitido a estas empresas mantener una presencia continua en el país hasta el día de hoy.
4. El procedimiento de arbitraje internacional y sus resultados
Se ha activado el mecanismo de solución de diferencias previsto en los acuerdos bilaterales de inversión. ExxonMobil y ConocoPhillips demandaron a la República Bolivariana de Venezuela ante el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI). Después de años de procedimientos, los tribunales de arbitraje emitieron sus veredictos:
· Determinaron que Venezuela había llevado a cabo una expropiación indirecta al cambiar significativamente las condiciones de inversión sin ofrecer una compensación que los tribunales consideraran justa y efectiva de acuerdo con los contratos.
· Ordenaron al Estado venezolano pagar una indemnización: alrededor de 1.600 millones de dólares a ExxonMobil (tras un procedimiento de derogación parcial) y alrededor de 8.700 millones de dólares a ConocoPhillips, más intereses.
· Estas sentencias son jurídicamente vinculantes. Venezuela ha reconocido parcialmente estas deudas y ha realizado algunos pagos, pero el principal aún no ha sido pagado en su totalidad.
5. El resurgimiento del conflicto en la retórica política de la administración Trump
Casi dos décadas después de los hechos, el expresidente Donald Trump y miembros de su administración han incorporado este hecho histórico a su retórica política contra Venezuela. Han utilizado la narrativa del “petróleo robado” para referirse a las expropiaciones. Al hacerlo, han excluido la existencia y el resultado del procedimiento de arbitraje internacional en el que ya se ha cuantificado la obligación de indemnización. Los analistas señalan que esta instrumentalización del conflicto tiene los siguientes objetivos:
1. Construir una justificación para la política exterior de Estados Unidos ante el público.
2. Ejercer la máxima presión en materia de sanciones económicas.
3. Posiblemente crear una posición de poder para futuras negociaciones sobre la industria energética venezolana más allá del cobro específico de laudos arbitrales.