Bogotá. El 8 de septiembre, el presidente colombiano, Abelardo de la Espriella, levantó la suspensión general de permisos para portar armas de fuego que estaba vigente desde 2015. Con el Decreto 1.368, el gobierno restablece la vigencia de la normativa anterior y suprime una obligación adicional de solicitar un permiso.
La decisión representa un alejamiento de una política seguida durante una década por gobiernos de diferentes tendencias políticas. La suspensión del porte de armas fue introducida en 2015 bajo el gobierno de Juan Manuel Santos y posteriormente ampliada por Iván Duque y Gustavo Petro. El objetivo era limitar la proliferación de armas entre la población civil y así reducir la violencia armada.
De la Espriella justificó el cambio diciendo que durante años los ciudadanos respetuosos de la ley habían sido restringidos mientras los grupos criminales continuaban armándose ilegalmente. Según el Presidente, el nuevo reglamento debería permitir a quienes cumplan los requisitos legales ejercer su derecho a la legítima defensa.
La organización colombiana de derechos humanos Temlores criticó el decreto por no estar acompañado de evidencia empírica sobre su posible impacto en la violencia. El gobierno confiscó 15.700 armas de fuego entre enero de 2026 y el 3 de septiembre, de las cuales 14.179 estaban vinculadas a delitos. Si bien estas cifras mostraban el alcance de la posesión ilegal de armas, no demostraban que facilitar el armamento legal a la población civil conduciría a una reducción de la delincuencia.
La organización advierte también de que un mayor número de armas disponibles podría convertir los conflictos cotidianos en enfrentamientos más mortíferos. Una discusión de tráfico, una pelea, un incidente de violencia doméstica o una discusión durante una noche de fiesta pueden tener consecuencias más graves cuando hay un arma de fuego disponible.
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La activista de derechos humanos y congresista Aida Quilcué también criticó la decisión. “Más armas no pueden ser la solución para una sociedad que necesita mayores garantías para vivir en paz”, afirmó.
El investigador Andrés Macías del Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales (CIPE) también advierte que si bien poseer un arma puede generar una sensación subjetiva de mayor seguridad, esto no necesariamente significa mayor seguridad objetiva. Según el analista, no hay evidencia de que una población civil más armada reduzca los robos, las extorsiones o las amenazas. Por el contrario, una mayor disponibilidad de armas podría aumentar la violencia en los conflictos entre ciudadanos.
El contexto colombiano hace que este debate sea particularmente relevante. Según la Universidad Externado, cada año más de 10.000 personas mueren con armas de fuego en el país. Esto corresponde a alrededor del 70 al 75 por ciento de todos los homicidios registrados. En este contexto, la ampliación de la capacidad de portar armas plantea interrogantes sobre la capacidad del Estado para controlar sus efectos.
La medida no significa que todos los ciudadanos puedan salir armados a las calles. Además, se deben cumplir ciertos requisitos, incluidos exámenes psicofísicos y la ausencia de antecedentes penales. Sin embargo, el decreto elimina la suspensión general vigente desde 2015, que había convertido la prohibición en norma.
A raíz de la decisión, el sitio web de la industria militar estatal Indumil registró una avalancha de consultas sobre los procedimientos de compra de armas. Unas horas más tarde, el sitio web colapsó debido al elevado número de usuarios.