Bogotá. Comunidades y organizaciones sociales del departamento de Bolívar condenaron el asesinato del activista campesino Jairo Alberto Díaz. Responsabilizaron del crimen al grupo paramilitar Clan del Golfo. Según las organizaciones, el crimen se produjo en el contexto de una persecución sistemática a los movimientos sociales en la región sur de Bolívar, caracterizada por amenazas, restricciones a la organización comunitaria y control armado del territorio.
Según testimonios recabados por organizaciones sociales, Díaz fue secuestrado por hombres armados la noche del sábado 21 de diciembre en la localidad de El Jardín, en el municipio de San Pablo, y llevado a la fuerza al distrito de Cañaveral Bajo. Tras el secuestro, defensores de derechos humanos alertaron inmediatamente a la defensoría del pueblo municipal y a la policía para proteger su vida. Sin embargo, la respuesta de las autoridades fue que el caso sólo podría tramitarse durante el horario habitual de oficina. El cuerpo del activista fue encontrado la mañana del 22 de diciembre con signos de violencia, causando gran consternación en las comunidades.
Jairo Alberto Díaz era originario de Vegachí, en el departamento de Antioquia, y vivía en el sur de Bolívar desde hacía unos 20 años. Fue cofundador de la asociación agrícola y minera Asociación Agrominera del Sur de Bolívar (ASAMISSUR) y participó activamente en el consejo de acción comunal de El Jardín, donde ocupó el cargo de tesorero. Como padre de cinco hijos, se ganaba la vida con el cultivo de alimentos básicos y era conocido en la región por su compromiso organizativo de larga data, trabajo comunitario y participación en procesos sociales en defensa del territorio.
Las comunidades dijeron que el asesinato de Díaz se produjo luego de que el Clan del Golfo, también conocido como Ejército Gaitanista de Colombia (EGC), emitiera una llamada “declaración de muerte política y jurídica” contra ASAMISSUR, prohibiendo a la organización realizar reuniones o actividades en la comunidad. Aunque el propio Díaz no recibió amenazas directas, las organizaciones ven su asesinato como parte de una estrategia de intimidación encaminada a “debilitar el tejido social, limitar la participación comunitaria” y perturbar los procesos organizativos campesinos y mineros artesanales.
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Diversas organizaciones llamaron al gobierno de Petro, en particular al Ministerio del Interior, a la Fiscalía General de la República y a la Procuraduría de los Derechos Humanos, a investigar el crimen, sancionar a los responsables y “tomar medidas inmediatas para desmantelar las estructuras paramilitares”. Se debe investigar la inacción de las autoridades durante el secuestro y tomar medidas efectivas de protección colectiva.
Los movimientos sociales ven una conexión entre violencia, control territorial y minería ilegal. Los residentes de la región dijeron que el Clan del Golfo opera docenas de mineros de oro, lo que causa importantes daños ambientales, contamina las fuentes de agua y condiciones laborales de explotación. Ante este panorama, las organizaciones reiteraron su llamado a garantías efectivas para la vida, la organización social y el trabajo comunitario en la región, así como a la protección de los derechos de las comunidades campesinas.
El asesinato de Díaz no es un incidente aislado. En abril de 2024, el activista Narciso Beleño también fue asesinado en el sur de Bolívar. Según las comunidades, estos crímenes quedan impunes y reflejan amenazas constantes a los líderes sociales. El Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz) registró 185 asesinatos de activistas sociales en diferentes regiones de Colombia solo en 2025.